Maravillas de nuestra costa. En Catamarán de Hondarribia a Donostia

25/11/2017 - Gran excursión viendo los acantilados de Jaizkibel y Ulia

Rutas.

En colaboración entre PLUS 55 de San Sebastián y Donostia Kultura con Medio Ambiente del Ayuntamiento de San Sebastián y el apoyo de nuestros amigos del Club Vasco de Cámping, el catamarán Higuer puso rumbo a una fascinante travesía desde Hondarribia a Donostia y regreso.

El día no pudo ser mejor por lo que la iniciativa de Carlos Pérez Olozaga fue un rotundo éxito. Muchas veces os hemos hablado en Donosti City de las maravillas de nuestra costa y de hecho tenemos entre nuestros artículos todo un itinerario entre Las Landas y Bakio, así que esta excursión no puede ser mejor.

Os dejamos el texto de Javier Mitxelena con las fotos de Enrique Villafranca ( también con grandes fotos en Jaizkibel Amaharri ) y Carlos Saiz, esperamos disfruten los seguidores de Donosti City con esta aportación.


Hoy realizamos una salida inédita y, al tiempo, altamente interesante. Un grupo de sesenta personas embarcamos en el puerto deportivo de Hondarribia, en el catamarán Higuer, al mando del capital Imanol. El día, más frío que fresco, se presenta espléndido, con un cielo azul que nos va a acompañar durante todo el recorrido. Así que, perfectamente abrigados, nos distribuimos por todo el barco a fin de intentar sacar el mayor partido de las maravillas de nuestro entorno.

Txema Hernández, geólogo pasaitarra y director de la Fundación Cristina Enea, perfecto conocedor, no solo de los secretos de Jaizkibel y Ulía, sino de toda la costa guipuzcoana, micrófono en mano, nos explica con claridad las características y el desarrollo de los fenómenos geológicos acaecidos en este entorno. A la vuelta, Jesus Mari Alquézar, especialista de Jaizkibel y Ulía como el que más, es quien nos ayuda a situar y a identificar todos los puntos de interés de este tesoro natural.
El capitán inicia la singladura poniendo proa hacia el océano.


Enseguida contemplamos el fuerte de San Telmo y el puerto pesquero de la localidad y rápidamente flanqueamos el cabo de Higuer coronado por su esbelto faro. Una vez superado el islote de Amuaitz, el capitán pone rumbo hacia la bocana del puerto de Pasaia. Pronto avistamos las instalaciones del camping y de la depuradora de aguas. A partir de aquí vamos a visionar un paisaje mucho menos humanizado. Enseguida avistamos las pequeñas ensenadas de la zona de Kapelaundi donde conseguimos visionar uno de los puntos de control de captación de agua para su consumo en Hondarribia.

Seguidamente observamos cómo el mar gana terreno a la montaña formando el entrante conocido como Artzuko Portua al tiempo que tratamos de adivinar, en medio de la vegetación, el punto exacto donde se situaba el otrora prohibido molino de Artzu (Artzuko errota). Acto seguido avistamos las campas siempre verdes de Marla y Txortxipi, aunque en verano se ven salpicadas de blanco y amarillo por la abundancia de flores de manzanilla silvestre que proliferan en las mismas y que, en la actualidad, casi nadie recoge.

Es aquí, en las rocas que se van adentrando al mar donde, en el año 2008, encalló el carguero MARO que la mar lo partió en dos y finalmente fue desguazado “in situ”. Rápidamente un nuevo punto capta nuestra atención. Una especie de aguja gigante parece querer pinchar el mar. Se trata de Punta Biosnar, hoy remontada en su gran parte por las olas que saltan sobre ella. Todo un espectáculo.


Cuando todavía estamos disfrutando de esta última imagen, nuestra vista se centra en una espectacular cavidad que se adentra en el mar. Se trata de la popularmente conocida como “la cueva de Mari” que, desde el barco, aparenta ser mayor de lo que nos parece visto desde tierra firme. Esta cavidad nos indica que estamos frente al paraje denominado Eraintzintxabaleta, justo donde se pone de manifiesto ese fenómeno geológico de interés mundial conocido como Paramoudras (rocas que se crean en el fondo marino, de formas variadas, pero extraordinariamente hermosas, que cuentan con un orificio circular formado por galerías originadas por organismos excavadores); algo que resulta imposible apreciar desde donde nos encontramos.

Sin solución de continuidad, advertimos que el mar forma una nueva ensenada, ahora más amplia, y escuchamos el estrépito de las olas al chocar contra los grandes muros que la cierran por el este. Estamos en Erentzingo Portua. Casi de inmediato, la figura de una gran concha blanca creada por la erosión en la roca arenisca atrae nuestra atención. Justo debajo de la misma vemos otra, aunque de menor tamaño, pero de brillante color amarillo oro. Suponen una especie de faro que nos señala que estamos frente a la entrada de una playa pétrea que la vemos siempre repleta de gaviotas y con innumerables pequeñas oquedades llenas de erizos de mar.


El lugar está protegido por unos enormes murallones de arenisca de un color entre rosa y rojo. De ahí el coloquial nombre de “La playa Roja” o Kaioen Hondartza, que es como se le conoce en el entorno montañero. Un pequeño riachuelo (Gaztarrotz Erreka), divide la playa en dos que termina en una gran cueva natural excavada en el propio acantilado y que en su interior pétreo, como ya lo tenemos comprobado, es posible distinguir, al menos, el mismo número de colores de los del arco iris. Lástima que hoy, desde la distancia, no podamos apreciarlo. Estamos frente a Labetxu, un lugar verdaderamente mágico.

También disfrutamos de las vistas del Valle de Gaztarrotz donde, estoy seguro, todavía existen rincones con muchos secretos pendientes de descubrir. Mientras pienso en ello, un nuevo fenómeno natural se presenta ante nosotros, Se trata de la gran grieta de Akerregi que secciona la montaña al borde del mar. El fondo de la grieta es un caos de rocas desprendidas de sus paredes por efecto de la erosión. Acto seguido, una campa de verde hierba nos indica que nos encontramos frente a la cala de Azabaratza, refugio de pescadores y recolectores de algas marinas. Junto a ella, a poniente, se sitúa una gran laja pétrea que se precipita al mar.

Sobre la misma se ha esculpido una especie de sendero que, con cable incorporado, ayuda a disminuir el riesgo de atravesar el lugar. Como el barco no para, enseguida divisamos la mole de Sanjuanarri, un gran peñasco que, visto desde tierra, se asemeja a un gran martillo que quiere golpear al océano; aunque desde el catamarán parece una curiosa roca en la gran montaña.

Al otro lado, solo separado por un arroyo, adivinamos otra de las grandes maravillas con las que cuenta Jaizkibel. Se trata de lo que Jesus Mari denomina, con razón, “la gran ola pétrea” de Grankanto. Una más que alargada formación rocosa, situada paralela al riachuelo, que contiene gran cantidad de diferentes y espectaculares, geoformas, filigranas, colores y ventanas cuya belleza cautivó al mismo Victor Hugo, quien describe el lugar en su libro PIRINEOS ya en al año 1843.

Pero ahora nos encontramos frente a Tanbo Muturra y, acto seguido junto a las moles rocosas de Arando haundia, ello indica que estamos casi en la bocana del puerto de Pasaia.
Nuestro capitán nos obsequia adentrándose en su bahía lo que nos permite disfrutar de las vistas que tenemos, tanto a babor, como a estribor. Los acantilados de Arando haundia con su semáforo y Arando txikia con su pequeño faro, el castillo de Santa Isabel, la Iglesia de Santo Cristo de Bonanza, la ermita de Santa Ana, los edificios emblemáticos de Donibane y San Pedro, así como el astillero de Albaola donde se construye una réplica de la Nao San Juan que en su día viajó hasta Terranova.

¡Realmente espectacular!
De vuelta al océano, pasamos de nuevo junto a los grandes muros de Arando txikia en cuya parte más alta se sitúa el almenado faro de La Plata.

Poco después observamos los altos frontones de roca de Putakio. Se trata de unas paredes completamente lisas que, en ángulo de prácticamente noventa grados, se internan en el mar y que, de acuerdo con los entendidos, junto a los de la zona del faro de La Plata, son los más verticales de la costa vasca.

Nuestro guía Txema continúa explicándonos con suma claridad cómo llegaron a formarse. Sin embargo, la orografía cambia rápidamente y, acto seguido, divisamos la cala Illurgita con su playa de cantos rodados de diversos colores y formas y que, en su extremo occidental cuenta también con un grupo de pequeñas Paramoudras.

El catamarán supera Punta Txorizuelueta y nuestro experto capitán evita la conocida y recientemente muy nombrada Punta Pikatxia, en cuyo entorno se observa el remolino que hace el agua del mar, para, tras doblar Punta Mompás o Punta de las Ánimas, adentrarse en la bahía donostiarra.
Imanol, nuestro capitán, nos regala ahora una singular vuelta completa por La Concha, algo que aplaudimos y disfrutamos de veras.


También hace una pequeña parada en el coqueto puerto donostiarra para que desembarquen algunos de nuestros compañeros. Rápidamente estamos rumbo a Hondarribia.
Tal y como hemos indicado, es Jesus Mari Alquezar quien ahora toma el micrófono para tenernos informados en todo momento de los hitos que se nos presentan ante nosotros y que no dejamos de admirar.

Agradecemos la pericia de nuestro capitán quién acerca, más si cabe, el barco a la línea de la costa. Ahora, debido a la posición del sol, las luces han mejorado sustancialmente por lo que, además de disfrutar de un espléndido espectáculo de formas, colores y luces, que tratamos de guardar en nuestra retina y nuestra memoria, nos empeñamos en recogerlas en nuestras cámaras fotográficas.

Ello nos obliga, asimismo, a estar muy atentos a las explicaciones de Jesus Mari y a la toponimia que menciona; no vaya a ser que pongamos un título inadecuado a nuestras instantáneas o vídeos. Un verdadero placer para los sentidos.
Mención especial a la belleza sin parangón de Labetxu, el Valle de Gaztarrotz y los grandes acantilados, con cueva incluida que delimitan la zona hasta Turruizulo.


Para muchos de nosotros una de las joyas más preciadas del tesoro que constituye todo este litoral.
Poco a poco, sin que nos demos cuenta, con la sensación de que no ha corrido el tiempo y tras una experiencia inolvidable, el barco atraca en el muelle deportivo de Hondarribia. Ahora toca felicitar de todo corazón, tanto a los organizadores de esta salida, como al capitán del catamarán. 

Por Javier Mitxelena


Carlos Bengoa